No me queda más que, de una forma egoísta pero llena de solidaridad involuntaria, intentar contagiar mi felicidad a los demás. Es una putada. En un mundo en que la gente se ahoga en un vaso de agua, y yo, ser especial, inimitable y transgresor, soy plenamente feliz. Te ampliaré algo más: estuve en casa de unos amigos ayer, y la gente, lejos de absorber y dejarse hechizar por el bucolismo tan cursi que rodea el venir de la primavera, se amarga, y cede a las alergias que velan por taparles la nariz y hacerles estornudar cada vez que osan mirar al sol a la cara. Novios, amigas suicidas, complejos hipócritas que ceden a la sociedad que nos dedicamos a criticar, y demases nostalgias que están lejos de ser antisépticas, son los/las culpables de que yo, en pleno celo de mi felicidad, en pleno orgasmo vividor, no pueda más que resultar molesto y cítricamente amargo para quien, atándose las manos con su valor, deja pasar la tentación y decide que es mejor comprar clinex con olor a melocotón que comer amapolas y dejarse llevar por ese instinto suicida vividor que clama por vendernos su droga, y, que ha conseguido que yo sea otro más de sus camellos.